Castillo de Sicuendes

En una pequeña colina que domina el valle del río Bedija llamada Cerro del Moro, en el extremo septentrional de su término municipal, a unos 4 km al Norte de su capital y en la margen derecha del río. Mantiene contacto óptico con el castillo de Uclés y vigilaba un histórico vado, hoy llamado Vadillo de la Estafeta, pues todavía existe. La referencia para localizar este lugar son unos cuantos pinos que crecen en el lugar en medio de la deforestada zona.

Muy mal estado. Apenas quedan restos de algunos muros cuya identificación es muy complicada. Mientras algunos los califican de iglesia otros dan por sentado que fue una pequeña fortaleza.

 

 

 

Cerro del Moro, sobre el valle del Bedija.

Por los restos conservados poco se puede decir. Quedan algunos muros de pequeña altura construídos en mampostería ocultos por la gran vegetación silvestre. Igual podían ser de un castillo o torre, iglesia o viviendas. Lo que sí es real es que desde estos restos se ve Uclés y que se domina el paso por el río en el amplio valle que éste forma, por lo que su posición es claramente muy estratégica. No sería nada extraño que aquí se alzara algún tipo de fortificación. Podía servir de atalaya de avisos desde el Sur hacia Uclés, pues por dicho valle se dirigía el camino hacia el Sur, es decir, hacia la tierra ocupada por los moros.

 

 

 

Restos de muros en la cumbre del Cerro del Moro. Al fondo aparece el valle del río Bedija.

Se desconoce el nombre de este lugar, puesto que Sicuendes fue puesto con posterioridad, tras los hechos históricos que acontecieron tras la batalla de Uclés. En 1108 tuvo lugar la desgraciada batalla de Uclés, frente a los muros de la ciudad, donde los moros al mando de Alí ben Yusuf, contra pronóstico, infligieron una dura derrota a los ejércitos cristianos de Alfonso VI de León, quién no estuvo en esta batalla al estar convaleciente en Sahagún de sus heridas en la batalla de Sagrajas. Los cristianos estuvieron capitaneados por su único hijo varón, el infante don Sancho Alfónsez, de 15 años de edad, fruto de su relación con Zaida, hija del rey moro de Sevilla.

Tras el desastre, las tropas de Alfonso VI hubieron de emplearse a fondo para lograr sacar al infante de la batalla, por lo que se retrasó la huida y aumentó el número de los que tuvieron que morir para proteger la retirada del infante. Los musulmanes persiguieron a los que escapaban de la batalla y los alcanzaron a causa del lento cabalgar del infante Sancho, que debía estar herido o magullado por una caída del caballo. Otro factor que influyó en que los cristianos fueran alcanzados consistió en que éstos utilizaron caballería pesada (muy fuerte en la acometida inicial, pero torpe en las maniobras y en la huida), mientras que los almorávides emplearon caballería ligera típica bereber. Al llegar al lugar denominado actualmente Sicuendes, se produjo una escaramuza, pues los siete condes y los que les seguían, al ser alcanzados, se enfrentaron de nuevo a los almorávides para proteger la huida del infante y de algunos caballeros señalados hacia el castillo de Belinchón. Mientras tanto, lo que quedaba del ejército, al mando de Álvar Fáñez, encontró el camino de salvación dirigiéndose hacia Toledo. El Bedija se tiñó de rojo y el campo quedó sembrado de cadáveres. Bedija significa “el río de la guerra santa” (wadi yihad). Los almorávides no hicieron prisioneros. Los que no pudieron huir y quedaron heridos fueron rematados. Les cortaron la cabeza, sumando cerca de tres mil, y con ellas hicieron un macabro montículo desde el que los almuédanos llamaron a la oración pregonando la unidad de Alá, engrandeciéndolo por la victoria habida.

Los investigadores del siglo XX se han preguntado por la identidad de los siete condes que acompañaron al infante Sancho Alfónsez y que murieron en Sicuendes por protegerlo. Entre ellos se encuentran los siguientes nobles: Martín Flaínez, Gómez Martínez, hijo del conde Martín Alfonso, Fernando Díaz, Diego Sánchez y su hermano Lope Sánchez, que eran sobrinos de Lope Jiménez. A ellos se ha de añadir el conde de Nájera, García Ordóñez, ayo del infante, quién protegió, de modo infructuoso, con su propia vida, hasta el último instante, al muchacho.